¿QUÉ ESTÁ PASANDO CON LA MESA NACIONAL DE AGROECOLOGÍA?
Invitamos a Roger Fabián García, como miembro de la Secretaría Técnica de la Mesa Nacional de Agroecología para que nos cuente su perspectiva sobre este espacio.
Adelante encontrarás sus reflexiones:
La Mesa Nacional de Agroecología: entre el avance histórico y el reto de la transformación territorial
Por: Roger Fabián García - Representante regional en la Mesa Nacional de Agroecología por la Red de Semillas Libres y Miembro de la Secretaría Técnica
COLUMNA DOMINICAL || En Colombia, la agroecología emerge como un brote persistente frente al modelo agrícola que ha simplificado paisajes, degradado suelos, debilitado economías campesinas y reducido la diversidad de los sistemas agroalimentarios.
Durante décadas, el país ha visto cómo grandes extensiones de tierra han sido sometidas a modelos productivos que reducen la vida, contaminan el agua, empobrecen los suelos, disminuyen la diversidad, concentran la producción y debilitan las economías campesinas.
Frente a ese paisaje, la agroecología es una respuesta de los territorios ligada a la defensa de la vida, de las semillas, del agua, de la alimentación y de las comunidades que sostienen el campo colombiano.
La Política Pública Nacional de Agroecología y la instalación de su estructura de gobernanza, la Mesa Nacional de Agroecología, representan un avance histórico para el país.
Por primera vez, muchos de los procesos que durante años han sido sostenidos por organizaciones campesinas, comunidades étnicas, mujeres rurales, juventudes, redes de semillas, mercados campesinos, huertas, escuelas agroecológicas, academia y plataformas territoriales encuentran un espacio nacional de gobernanza llamado a orientar, articular y hacer seguimiento a la implementación de la agroecología en Colombia.
Este espacio es el fruto de una larga siembra colectiva que ha cuidado las semillas y los saberes, practicando otras formas de producir, alimentarse y habitar el territorio.
Sin embargo, como ocurre con todo brote que aparece después del fuego, el surgimiento no garantiza por sí solo la vida futura.
La política pública abre una posibilidad, pero esa posibilidad necesita suelo agua, cuidado y condiciones reales para crecer. Allí aparece uno de los principales retos del momento actual: la Política Pública Nacional de Agroecología aún no cuenta con una ficha de inversión específica que asegure recursos propios para su implementación.
Una política puede tener principios sólidos, enfoques pertinentes y una estructura participativa, pero si no logra traducirse en programas, proyectos, presupuestos y acciones concretas, corre el riesgo de quedarse en el papel.
Por eso, la Mesa Nacional de Agroecología tiene una responsabilidad decisiva. Su papel no debe limitarse a acompañar discusiones coyunturales o producir orientaciones institucionales. La Mesa puede contribuir a cerrar la distancia entre el reconocimiento normativo y la transformación territorial. Esto implica hacer seguimiento, proponer rutas, promover articulaciones y buscar que la agroecología entre con mayor fuerza en los instrumentos de planeación pública, en los presupuestos, en los proyectos de inversión y en las decisiones de los gobiernos nacionales, departamentales y municipales.
El reto central es lograr que la política eche raíces en los territorios. Territorializar la Política Pública Nacional de Agroecología significa llevarla a la vida real de los municipios y departamentos, no como una orden desde el nivel central, sino como un proceso de construcción colectiva.
Cada territorio tiene su propia historia, sus condiciones ecológicas, sus conflictos, sus organizaciones, sus capacidades institucionales y sus prácticas agroalimentarias.
Por eso, la implementación territorial debe partir del reconocimiento de lo que ya existe y no de la idea equivocada de que la agroecología empieza con la expedición de una norma.
La agroecología ya está presente en muchas fincas campesinas que conservan semillas nativas y criollas; en huertas comunitarias que fortalecen la alimentación y bienestar local; en mercados que conectan productores y consumidores; en escuelas de formación popular; en sistemas agroforestales; en prácticas de conservación de suelos y aguas; en cocinas tradicionales; en experiencias de restauración productiva; y en organizaciones que han defendido el territorio frente a modelos que reducen la naturaleza a mercancía.
La política pública tiene sentido si ayuda a fortalecer esas experiencias, ampliar su alcance y mejorar sus condiciones de sostenibilidad.
En este camino, las mesas departamentales y municipales de agroecología pueden convertirse en espacios clave. Estos escenarios permitirían reunir a organizaciones campesinas, asociaciones productivas, redes de custodios de semillas, instituciones educativas, comunidades étnicas, procesos de mujeres rurales, juventudes, mercados campesinos, entidades públicas y otros actores vinculados a los sistemas agroalimentarios.
Su valor estaría en propiciar el diálogo, ordenar prioridades, identificar capacidades, formular propuestas y construir acuerdos que respondan a las necesidades concretas de cada territorio.La agroecología requiere participación real, capacidad de decisión, acompañamiento técnico, voluntad política y recursos. También exige reconocer que los saberes campesinos, indígenas, afrodescendientes y comunitarios tienen un lugar central. La institucionalidad debe acompañar, ordenar y fortalecer, pero no puede reemplazar la voz de quienes han sostenido estos procesos en la práctica durante décadas.
La metáfora del brote obliga también a mirar el suelo. Si el suelo institucional es débil, si no hay financiación, si no existen programas claros, si los municipios no cuentan con capacidades técnicas o si las organizaciones sociales son convocadas solo de manera simbólica, el proceso puede marchitarse.
Se trata de la posibilidad real de que la política cuente con recursos para acompañar procesos de formación, fortalecer mercados agroecológicos, apoyar transiciones productivas, consolidar sistemas participativos de garantía, promover investigación territorial, impulsar escuelas, apoyar planes locales y generar condiciones para que las comunidades puedan sostener la transición agroecológica.
La transformación agroalimentaria requiere abrir conversaciones con productores, instituciones y gobiernos locales que todavía asocian el mejoramiento de la producción agrícola sólo con el acceso a insumos externos, tecnologías convencionales o semillas “mejoradas”.
Allí la política pública tiene una tarea pedagógica y política: evidenciar que producir mejor significa recuperar capacidades territoriales, diversificar los sistemas productivos, cuidar los suelos, fortalecer las semillas propias, reducir riesgos y reconstruir relaciones más equilibradas entre producción y conservación.
La agroecología propone una ruta de transición que permita mejorar la producción desde la autonomía, el conocimiento local, la biodiversidad y la organización colectiva.
La mirada crítica debe mantenerse, pero sin desconocer el avance alcanzado. La existencia de una política pública nacional y de una Mesa Nacional de Agroecología crea una oportunidad que antes no existía. Hay un marco de referencia, una instancia de gobernanza y una posibilidad de articulación entre Estado, organizaciones sociales, academia y territorios.
Pero esa oportunidad requiere decisiones. La agroecología necesita respaldo institucional, financiación y presencia en los instrumentos de planeación.En últimas, el desafío consiste en que ese brote encuentre condiciones reales para crecer en un suelo todavía marcado por las huellas del monocultivo.
Su crecimiento requiere cuidado colectivo, recursos, instituciones sensibles, comunidades agroecológicas fortalecidas y participación efectiva de los territorios. La Mesa Nacional de Agroecología puede ser un espacio clave para avanzar en esa dirección, siempre que mantenga vivo el diálogo entre el Estado y las comunidades, entre los saberes territoriales y las herramientas técnicas, entre la memoria de las luchas agroecológicas y las decisiones públicas que hoy deben abrir camino a una transformación concreta.
La agroecología tiene raíces milenarias. Están en las semillas guardadas, en las manos que cultivan, en los mercados locales, en las huertas, en las mingas, en las escuelas, en las organizaciones y en las comunidades que han resistido a modelos que empobrecen la vida. El reto ahora es que esa memoria encuentre agua suficiente para seguir creciendo: recursos, participación territorial y decisiones públicas capaces de nutrir una transformación agroalimentaria con raíces profundas.